Morir en el impacto

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Aclaración: esto lo escribí hace casi un año en un momento de vulnerabilidad neuronal. Lo publico porque me gustó el texto pero la historia real tiene un final apestoso que luego contaré. Acá va…

Un brasileño me dijo en la puerta de un antro alguna vez “Son 10.000.000 de porteños, si uno no te interesa tenés a otros 99.999.999”.

En mi caso pasaron los días, las noches, las semanas, los meses; incluso llego a pasar un año. Y continuaba ahí, quieta, estática, yaciendo en el mismo espacio como si fuera la típica protagonista de la típica escena de la típica película-teen-yankee donde la minita está parada en una esquina, expectante, siendo enfocada por la cámara mientras hordas de gente se trasladan a su alrededor en un vaivén infinito (sí, a veces puedo ser así de afectada y pelotuda).
Esta misma escena lamentable se repitió en varias locaciones de mi vida, siendo yo un ser pequeño y desesperanzado en un mundo lleno de gente, en una ciudad que está en constante movimiento.
Mi querido Sartre dijo “Sólo hay realidad en la acción. (…) El hombre no es más que el conjunto de sus actos, nada más que su vida”. Y aquí me encuentro una vez más en la situación más cliché de la historia de la humanidad: siendo golpeada por mis propios ideales. Defiendo el existencialismo porque con éste me identifico, y éste mismo es el que hoy me viene a dar una bofetada y a decirme “Dale, tarada, mucho quietismo”. (¿Habrá sido el existencialismo el que dejó tuerto a Sartre de una patada?).
Así me hallé entonces, servil a mis actos nefastos, a mi quietismo crónico, aferrada a la idealización de una idealización misma; sentada, sin moverme de mi lugar, en la búsqueda de romper con mi propio paradigma y conocer al artista bohemio-intelectual peronista existencialista de mis sueños. Acá es cuando me empiezo a preguntar ¿cómo puedo valerme por mis actos si lo que menos hago es ejercer acción?
A todo esto los días siguieron pasando sin pena ni gloria, hasta que una tarde la realidad me tiró un baldazo de hielo seco en la cara (para seguir en la línea de la pobre tipa golpeada por la misma torpeza de vivir) y la respuesta apareció posada en el monitor: ahí estaba, un muchacho interesante, un cineasta bonachón, un guitarrista guapetón, peronista hasta la médula, escritor adolescente, un poquito cursi, un poquito drogadicto y que, además de todo esto, no tenía problemas con halagarme con sutileza sin ser pegajoso.
Todos los detalles encajaban y todo demostraba que así era y no había más que perfección en el asunto, la perfección que se le otorgaría a cualquier mortal en esta condición: estaba a sólo 400 kilómetros de mi vida entera.
Y así pude ver como todo iba cerrando de a poco: los días pasaban porque llegaría la noche y estaba bien así. Él seguía ahí, llueva, truene o nos desintegremos del calor y la fiebre. Él me escuchaba, me aguantaba, me compartía cada detalle de su vida y me dejaba ir abriendo las puertas de su universo personal aceptando que mucho de aquello que pasaba era puro simbolismo con una pizca de esperanza e imaginación.
Cada nueva pieza que encajaba en este rompecabezas de ilustración abstracta era una nueva incertidumbre que sumaba a mi lista, cada pensamiento un balance y cada balance, un planteo del orden existencial.
¿Qué es todo esto que me pasa? ¿Dónde tenía el botón de on/off y por qué lo prendieron desde la otra punta del mapa? ¿Tengo control remoto y lo extravié en mi último viaje? Muchas preguntas, muchas respuestas que no quieren aparecer.
Voy a abrir este cuaderno y voy a dejar un espacio en blanco, un espacio que aguardará por ser llenado con una historia que aún no se concretó. Por lo pronto me limito a recordar al brasileño en un suspiro y pienso cuán irónico pudo ser: ¡10.000.000 de porteños y me puso en órbita un provinciano!
Alguna vez dije que es mejor frenar a tiempo antes que morir en el impacto. Hoy prefiero abrir el interrogante y preguntarme ¿hay tiempo para frenar o el destino optará por llevarme a sucumbir, explosiva, intensa e impactada?
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La historia terminó como todos los pragmáticos y racionales se imaginan: mal. No progresó pero me inspiró para abrir un interrogante y plasmarlo en las hojas de mi cuaderno, con lo cual me contento (y conformo). Y lo cuento porque me encanta cagarles el final abierto y no dejarlos imaginar, perdón por tan poco.

Estimado:

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Cuando llueve durante la madrugada el cielo se tiñe de un naranja violacio que me da más ganas de escribirte una carta que de vomitar palabras elegantes para sugerir mi decepción eventual (porque si el cielo llora no tiene sentido que haga un acting yo también, además no tengo motivos).

Todas las noches tormentosas agarro un papel, una lapicera y un sobre, y cuando estoy a punto de ponerme a escribir me doy cuenta de que naciste mañana y no conocés sobre mensajes que no sean de texto, así que me veo en la obligación de soltar el papel, tapar la lapicera, guardar el sobre y amigarme con el teclado.

Hoy estoy minimalista como nunca y monotemática como siempre, pero ya no quiero hablar de esperas eternas -porque ya no espero-, ni de reproches anónimos -porque no me queda nada más por reprochar-, ni de tu ego aviador inflado con helio -porque así sos y siempre lo serás-. Hoy quiero ser más desenroscada y preguntarte si te quemaste los pies corriendo por la arena, o si oliste ese aroma que tanto te gusta en la casita de tus abuelos, o si te arden las muelas de tanto en tanto.

Yo… bueno, yo estoy bien. Los días de calor me ponen de buen humor y me acuerdo de vos sólo cuando me sirven el helado sobrecargado de dulce de leche natural, como hoy. Ahora hablo con mucha gente desconocida y me meto atrás de la barra de algún bar de vez en cuando, de puro caradura. A veces le pongo coca común al fernet y me dejo de joder (¿viste que no soy tan enroscada?).

También quería contarte que algunas de las cosas que hago están teñidas de tu juicio imaginario, porque sin querer me encuentro pensando en qué pensarías al respecto, pero como dice mamá “lo mejor es no pensar”, no?

Después de eso todo bien, Matilda pinta las paredes y no me enojo.  Me sigo poniendo un par de capas de ropa por debajo del vestido y de a poco voy superando mis traumas incoherentes con respecto a la música del 2004 al 2012; ya no me siento taaaaan anacrónica. 

Siempre me pregunto con qué estarás soñando, si llorarás en silencio por esas cosas que ambos sabemos que sabemos pero que nunca aclaramos, si se te siguen pegando canciones horribles o si el calor te perdona la vida cuando la térmica está por los 50. Igual no me des bola, disfrutá de los 22 de hoy a ver si te sirve de excusa para que sonrías un poco. Y de paso cantá la mierda que más te guste, de última ni me entero.

Espero no encontrarte pronto y que sepas que estás cordialmente desinvitado a volver cuando se te antoje (aunque si sube la temperatura de nuevo quizás tenga que levantar un poquito la persiana y te filtres como la luz a las 11).

¡Cariños!

Azul

P.D: no te pienso devolver tus cosas, me las voy a comer en ensalada.

Mi ventana al mundo

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Cuando por fin decidí emancipar mi cuerpo del colchón, me dirigí hacia la ventana de la habitación contigua y me encontré con mi primo menor admirando la inmensidad vertiginosa de la ciudad como sólo puede apreciarse desde un decimoquinto piso, o más bien, como sólo puede apreciarse desde una ventana que es tan pero tan pequeña que paradójicamente, es el único lugar desde el cual se puede acceder a la enormidad del mundo.

Me paré a su lado en silencio y antes de que pudiera atinar a decir algo, me confesó que le fascina mirar a través de la ventana porque lo llena de curiosidad todo eso que está pasando afuera. Su reflexión tan inocente y a la vez tan cargada de profundidad me recordó una frase de El mundo de Sofía que había leído el día anterior -después de haber pasado horas mirando el mismo escenario a través de la misma ventana-, que dice que “Lo único que necesitamos para ser buenos filósofos es no perder la capacidad de asombro”.

Desde hace un tiempo, cada vez que me acecha el sentimiento de incertidumbre sobre el futuro me dirijo casi sistemáticamente hacia esa misma ventana a observar las luces de Buenos Aires nocturna y encuentro el alivio que necesito. Las respuestas a mis preguntas existenciales parecen estar en algo tan simple como en el vaivén de luces de esa ciudad tan linda que, al parecer, no sólo no se detiene sino que siempre tiene alguna situación novedosa para ofrecer.

Hoy mientras leía sobre historia del arte no pude parar de pensar en el viaje que se me hace cada vez más próximo, ese viaje en el que por fin voy a conocer todos esos murales perdidos por los rincones romanos que tienen los pigmentos de los años más arraigados que la misma pintura con la que fueron concebidos, en todas esas piezas pictóricas que dejaron asentada una huella intachable en la historia cuasi infinita del mundo, en todas esas obras que se asoman tímidamente para narrar acontecimientos suspendidos en el pasado. En definitiva, no pude dejar de pensar en todo ese arte anónimo que reside en cada recoveco del planeta y no puede esperar para presentarse ante mis ojos.

Antes de dormir hablé con Tati sobre los ciclos de la vida y los comienzos que se avecinan, y no pude evitar figurarme la imagen de mi ventana al mundo. Me di cuenta de que mi pasión por observar reiteradas veces el mismo escenario es producto de mi incesante curiosidad por saber todo lo que pasa allá afuera, y que la sensación vertiginosa que me genera la inmensidad del mundo es consecuencia del impulso que me atrae a lanzarme y ser testigo de todo lo que pase en el ínterin que precede al aterrizaje.

Hoy me di cuenta de que a pesar de haber transitado el doble de vida de la que transitó mi primo con sus efímeros años, no pierdo ni por un segundo la capacidad de asombro y por eso mismo, tampoco pierdo la convicción de que voy a ser parte de acontecimientos innumerables. Hoy decidí que a pesar de no tener ni la enésima parte de la edad que tiene el mundo, voy a apoderarme de él a través de esa capacidad invaluable de asombro que poseo, porque hasta ahora mi única certeza es que la curiosidad es mi pincel, y todo lo que me rodea es un lienzo en blanco que está esperando a que lo llene de color con mis acuarelas.

Mi cajón no entra en el universo

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Día 14, mes 8, año 13, temperatura desconocida y ni un registro del horario. Primera aparición y, como de costumbre, virtual. Una charla de café como cualquiera que tienen dos personas, en la que una se sienta en la mesita pegada a la pared pero mirando hacia la calle porque “no soporta mirar para adentro, se siente encerrado”.

Charla 1 de 1 y me confesás que descreés de la mitad de tus allegados con sus costumbres enrevesadas dar a luz sólo 2 de cada 10. Yo que siempre me creo un poco menos y tengo la manía de hablar de cosas que no sé, citar autores que ni leí y sobreponer la altanería barata a la ignorancia engorrosa, te hago creer que entiendo tu idioma y te contesto peor que como lo haría Tévez intentando hablar en inglés británico. 

Día 17, mes 1, año 14 y estamos uno encima del otro, lo demás no sé porque ya habrás visto como son los sueños que siempre se confunden las sensaciones y no se entiende si es que te escuché cuando me trepabas o simplemente toqué tu olor a mar y de inmediato supe que era tu pecho el que se tendía sobre mi cuerpo inútil.

Día 17, mes 1 y habiendo pasado 4 y medio del mes 8 me parece sumamente injusto que reaparezcas recién ahora y encima, en forma del último sueño de la noche y el primero de la mañana. A veces pienso que lo hacés apropósito, sólo para hacerme saber que cuando abra los ojos el calor que me ahogue va a ser el de las sábanas y el del sol que entra por la persiana, esa misma persiana que a veces dan ganas de levantar para dar a luz 10 de cada 10 y esperar a que un día 14 del mes y medio que más te guste te vuelvas a sentar en algún café y tengamos una charla como cualquiera que tienen dos personas, en la que una prefiere sentarse del lado del pasillo y mirando para adentro, porque de vez en cuando no soporta mirar para el lado de la calle, porque de vez en cuando la calle es la que lo hace sentir encerrado.

La U no te pronuncia

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Me desperté ahogada por el calor pegajoso y el aire que seguía sin correr, y tus vecinos que gritaban sin parar desde las ocho de la mañana. Podría haber revisado entre tus cosas pero no, preferí hacerme la madura y buscar una excusa para seguir durmiendo, porque a veces es más sana la burbuja que me invento para no ver que si es domingo no me hablás, y que somos sólo dos cuerpos en una misma cama reunidos por una eventualidad del destino; que mientras uno piensa en la lista del supermercado, el otro está concentrado en el haz de luz que se filtra por la ventana. Porque cuando la neurosis le gana a la racionalidad es cuando paso horas pensando en lo mal que te ves mientras dormís y aún así puedo pasar las mismas horas esperando a que salgas de tu casa a ver si nos encontramos por casualidad.

Pero ya nada está bien, porque me gustaban tus besos con olor a lluvia, tu piel color menta y el calor que me envolvía desde el estómago hasta la garganta cuando el viento me helaba los tímpanos susurrando tu nombre. Y cada vez que sean las 11 y entre un haz de luz por mi ventana voy a sonreír acordándome de nuestras mañanas, esas en las que estábamos juntos porque justo se habían alineado los planetas, pero podía pensar en la lista del supermercado con la tranquilidad de que, a pesar de todo, vos estabas durmiendo a mi lado.

Y no vi que la corriente me tragó y me llevó hacia el medio de tu cuerpo

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Esa mañana se despertó con la espalda mojada, pero creyó que había sido una mala pasada que le estaba jugando su inconsciente y siguió durmiendo, esta vez boca abajo.
La alarma sonó incansablemente, una y otra vez el mismo sonido de mierda que puede hacer un celular de 1814.
Se despertó y sí, tenía el pecho mojado, la espalda mojada, el pelo, los pies, las pupilas, hasta los tímpanos estaban mojados.
Es que estaba lloviendo torrencialmente, creo que desde las 2am, o quizás desde que nació, que fue más o menos a la misma hora.
-El agua se debe haber filtrado- se dijo mirando el cielo. Lo que nunca supo es que la que llovía era ella y no el cielo, lo que nunca supo es que era su agua la que se filtró en las nubes, y no al revés. Lo que nunca supo es que ella fue la causante de ese diluvio que, al final, fue eterno.

De árboles y sombras

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Desde chica había soñado con tener un árbol tan pero tan alto que alcance las nubes y vaya aún más lejos. Todos los mediodías camino al colegio pasaba con su abuela por la casa en la que ella vivía de pequeña, ahí en Concepción Arenal y Córdoba, donde había plantado un pino 40 años atrás y ahora estaba a punto de llegar al cielo.

Cada día el pino era un poco más alto y ella un poco más grande, porque el tiempo pasa para todos.

Ella creció, terminó la primaria y después la secundaria. Ella ya no quería tener un árbol infinito porque creía ser lo “suficientemente grande” y prefería que el surrealismo no fuera más allá de una película que vio en el cine o de una muestra de fotografía por la que pasó el jueves. Porque las fantasías abstractas eran demasiado pequeñas para sus zapatos enormes, porque cuando uno crece se vuelve racional y pelotudo y deja de hablar de sueños para hablar de onirismo y utopías.

Un día volvió a pasar por esa casa y decidió tomarle una foto al mítico pino que a esta altura ya debía estar conversando con los astros. Agarró su cámara y apuntó, pero no disparó. Una vez, dos, tres veces. Cambió la batería, el lente, la tarjeta de memoria. La agitó y la golpeó pero no hubo caso, la imagen no quería salir.

Es que a veces no todo puede materializarse, querida, y cuando menos lo esperabas tu árbol te sacó 3 metros de altura y tu imaginación se volvió venenosa. Y el sol ya no salió, y las sombras fueron sólo el fantasma de un recuerdo lejano.

Es que al final, el pragmatismo era el homicida de tu cuento y vos la víctima fatal.

Hija del rigor

Mientras él dormía endulzando cada recoveco de su amplio paladar con los sueños más azucarados, ella no paraba de sacudirlo y susurrarle al oído cuánto anhelaba su regreso.

Pasaron las horas, los días, los meses, las estaciones… pasó casi un milenio. Para entonces,  las hojas de los árboles comenzaron a sucumbir y ser arrastradas a un sitio desconocido tal como las crónicas del viento lo habían anunciado aquel 21 de abril. Lo mismo sucedió con sus esperanzas.

Un día, finalmente, él abrió los ojos. Ella se le acercó, efusiva, intensa; lo envolvió en sus brazos con el fin de abarcar cada sitio de su infinito cuerpo y expresar de ese modo cuanto lo quiso y cuanto lo esperó. Él permaneció estático, con la mirada estancada en un punto fijo, con la mente perdida en un suspiro, con sus labios sellados como un sobre lleno de secretos sin remitente, sin emitir sonido alguno.

Repentinamente se apartó con aspereza y ajeno a aquello que acontecía, se volteó y se tumbó nuevamente en su lecho. 

Evidentemente él jamás notó la presencia de aquella muchacha. Quizá porque era sólo un reflejo en su espejo empañado, quizá porque nunca formó parte de su quimérico mundo, quizá porque jamás tuvo lugar en su realidad falaz.

Cuando conocí a Leonid Afremov

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Dicen que quieren que vuelva el sol. Dicen que la lluvia, el gris y los charcos en las esquinas los cansaron.
Es que ellos no lo vieron. Ellos no sonríen cuando las hojas lloran, y las luces crean siluetas y las siluetas danzan con el correr del agua. Ellos no quieren ver que los árboles no siempre están de pie, porque en el diluvio descansan en su reflejo.
Y las luces resplandecen, y los únicos que estamos parados somos nosotros.
A veces la verdadera felicidad es la que menos se ve.